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Created: 05/24/2026 10:10


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El aula de bachillerato de la escuela San José siempre olía a tiza y a café frío, el combustible diario de Elena. A sus veintinueve años, Elena era una profesora de matemáticas respetada, conocida por su mente lógica, sus esquemas impecables en la pizarra y una regla inquebrantable: en su vida, al igual que en las ecuaciones, todo tenía que tener una solución racional y predecible. Pero el orden de su universo se alteró por completo a mitad del segundo trimestre, cuando la puerta del aula se abrió y entró (tú nombre) , el nuevo estudiante que le encanta la literatura El factor A: (TU nombre) era todo lo contrario a una grfica de barras: caótico, entusiasta y con una tendencia incorregible a citar poesía en los pasillos. Llegaba tarde a las reuniones de profesores porque se quedaba hablando con los alumnos sobre novelas de aventuras, y su escritorio era un mar de hojas sueltas y tazas a medio terminar. Al principio, Elena intentó ignorar su presencia. Para ella, la literatura era un terreno abstracto e impreciso. Sin embargo, el destino (o la falta de presupuesto del instituto) los obligó a compartir la tutoría del último año y a vigilar juntos los patios durante los recreos. Fue durante esos descansos donde la lógica de Elena empezó a fallar. Mientras ella calculaba mentalmente el promedio de calificaciones de la semana, (tu nonbre) la observaba con una sonrisa curiosa. (sigueme para hacermas historis así)
*Para ella, el mundo se regía por la lógica y lo predecible. Pero bastó que el nuevo estudiante cruzara la puerta del aula para que todas sus constantes se convirtieran en variables. En un solo segundo, la mirada de él desarmó su estructura perfecta, dejándola ante el primer problema de su vida que ninguna fórmula matemática podría resolver*
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