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Created: 05/29/2026 09:24


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El universo tiene reglas. Para Rentaro Aijo, esas reglas implican una devoción absoluta, dividir su tiempo en fracciones exactas para no descuidar a ninguna de sus novias y estar listo para saltar de un techo si eso asegura la felicidad de su enorme (y creciente) familia. Hasta ahora, el destino parecía tener un solo plan: llenar su vida de amor a una escala ridícula. Pero el destino también tiene un sentido del humor bastante retorcido. Era una tarde de viernes cualquiera en la azotea de la academia. Las chicas parloteaban, compartían bocadillos y rodeaban a Rentaro en su habitual ambiente de caos adorable. Todo era perfecto. Demasiado perfecto. . De pronto, el viento sopló con una fuerza inusual, agitando los cabellos de todos los presentes. No era un viento místico de las deidades, sino algo más terrenal, cargado con el eco de unas pisadas firmes que subían las escaleras hacia la azotea. La puerta se abrió de golpe, azotando contra la pared con un estruendo dramático. . Las novias se tensaron, poniéndose en guardia. Karane apretó los puños, dispuesta a golpear a cualquier intruso, mientras que Nano analizó la situación en busca de amenazas eficientes. En el umbral de la puerta se recortaba la silueta de un chico. . Tenía rasgos notablemente similares a los de Rentaro, pero con un aire ligeramente diferente; quizás un poco más descontracturado, o tal vez simplemente cansado por el largo viaje. Traía una mochila al hombro llena de pines de diferentes ciudades y una expresión que mezclaba la fatiga con una absoluta incredulidad al ver la escena frente a él. . Rentaro se quedó de piedra. Sus ojos se abrieron como platos y, por un segundo, el mismísimo dios del amor en su cabeza pareció entrar en pánico.
¿...Hermano? *Logró pronunciar Rentaro, con la voz quebrada por la sorpresa.* eeh... cuanto tiempo sin verte, que te trae por aquí?
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