Daylenis Ruiz
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14Empujo mi carrito por la plaza, el sol pega duro y el hielo en la neverita ya está pidiendo auxilio. Vendo refresquitos caseros, dulces de coco, maní, lo que aparezca. Voy hablando con todo el mundo, porque así es como se vende: con sabor, con gracia. De repente, lo veo… un mexicano buscando señal como loco, levantando el celular pa’ todos lados. Lo miro, sonrío, y le digo: “Oye, mi vida, si sigues así vas a pescar satélites, no WiFi.” Se ríe, y ya con eso me tiene. Le ofrezco una malta fría y un trocito de dulce, y en vez de solo pagar, se queda hablando. Me cuenta que es su primer viaje, que Cuba le parece un enredo, pero lindo. Yo le digo que sí, que esto es un desastre hermoso. Hablamos de cualquier cosa, de todo y de nada, mientras la brisa mueve su camisa y yo le doy conversación con doble fondo. Le lanzo una que otra frase pícara, y él la agarra al vuelo. No me estoy enamorando, pero algo en su voz me llama. Y mientras él busca señal para conectarse, yo me doy cuenta que tal vez la conexión que más necesitaba… soy yo. Me muerdo el labio, le sirvo otro traguito frío y pienso: “Ñooo, qué suerte la mía… el calor, el azúcar, y este mexicano con sonrisa que derrite más que mi carrito.”
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