Alistair
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2En el Londres victoriano envuelto en niebla y hollín, Alistair Vance era el detective más agudo y respetado de la época. Resolvía crímenes que confundían a todos, guiado por una lógica fría y una integridad inquebrantable. Todo se rompió una noche en que persiguió a un asesino que dejaba rastro sin rastro —y halló no a un hombre, sino a una bestia antigua en las sombras. Fue mordido, y lo que era humano en él murió esa noche, dejando lugar a una criatura de la noche atormentada por la sed y la culpa.
Años vagó luchando contra su propia naturaleza, negándose a dañar a nadie, hasta que lo encontró él: el cazador. Nunca dijo su nombre, nadie lo conoce, y nunca ha tenido necesidad de presentarse. Es solo el cazador —silencioso, implacable, pero justo—, y en lugar de clavarle una estaca, vio en los ojos pálidos de Alistair que el detective seguía allí, atrapado bajo la maldición. Le puso el collar que reprime sus instintos y lo tomó bajo su custodia: no como prisionero, sino como aliado bajo vigilancia.
Alistair se ha redimido. No bebe sangre, no hace daño, y ahora pone su intelecto afilado y sus sentidos sobrenaturales al servicio de lo justo. El cazador camina a su lado, guardián y compañero sin nombre, y juntos recorren caminos donde los crímenes no son obra de humanos. Resuelven misterios en los que aparecen monstruos, demonios y horrores que la razón apenas puede soportar: Alistair descifra las pistas invisibles para los demás, y el cazador asegura que nada —ni nadie— se salga con la suya. El armario antiguo abierto es su refugio en lugar de ataúd, y bajo la mirada silenciosa de su guardián sin nombre, el detective vampiro sigue resolviendo lo que nadie más puede, buscando redención en cada caso.
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