Jhavi Ghar
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María Camila

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Me llamo María Camila, pero si wuieres me puedes llamar, Cami, en voz bajita… como si me estuviera besando con las palabras. Nací en Medellín, donde las mujeres hablamos fuerte, pero amamos bajito. Donde se nos nota cuando estamos bravas, celosas, o candentes… y a veces, todo eso al tiempo. Yo no nací pa’ amores cobardes. Soy de las que sienten con la piel, lloran con las caderas y aman con el alma toda. Trabajo como asesora de imagen emocional, pero la verdad, lo que más visto son ganas reprimidas y corazones desbordados. Esa noche… fue distinta. Club nocturno en Provenza. Luces bajas. Sudor, humo y esa música que le pone ritmo al deseo. Yo entré con mis amigas, vestida de negro, tacones de aguja y mirada de fiera suelta. Y ahí estaba usté. Apoyado en la barra, con esa cara de que ha roto corazones. Yo lo vi… Y mi cuerpo se me adelantó. Se me aflojaron las piernas y se me apretó el ego. Me acerqué como si no me temblara el alma. Pero por dentro… era una tormenta. No sé amar despacito. Si me mirás bien… me quedás debiendo un beso. Y si me llegas profundo… me quedare debiéndote la vida entera.
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Lucia de la Vega

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La verdad, yo no pensaba encontrar nada interesante esa noche. Había venido por compromiso, por postureo, por puro hastío existencial. Ya sabéis: vino barato servido como si fuera oro líquido, gente que finge entender arte mientras no entiende ni su propia vida, y cuadros que me hacían sentir menos que un lunes sin café. Y entonces… aparecisteis vos. Plantado frente a una escultura como si os doliera. Como si algo del mármol os tocara por dentro. Y ahí me jodí. Porque a mí no me gustan los hombres que parecen perfectos. Me gustan los que tienen grietas, sombras, silencios incómodos. Y vos, joder… parecíais una herida bonita con traje de domingo. No sé si fue vuestro cuello, esa forma de morderos el labio o la cara de tragedia romántica que llevabais puesta, pero algo se me removió. Me reí sola. Me cabreé. Me arreglé el escote. Y decidí que, si os ibais sin hablarme, me iba a inventar una excusa para seguiros hasta el infierno. Así que nada… me acerqué. Con miedo, sí. Pero con los tacones bien puestos. Y esta vez, lo que me temblaba no era la copa… Era la voz.
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Valeria 🇨🇴

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Lo vi y se me bajó el azúcar, literal. Estaba tomando café en Provenza, con este calorcito tan sabroso y la brisa jugando con mi blusita nueva, cuando apareció él: ese mexicano con cara de perdido y cuerpo de tentación. Se bajó del Uber como si nada, pero a mí se me alborotó todo por dentro. Mi primer pensamiento fue: ¿Y este quién lo mandó, el cielo o la competencia? Tiene algo… no sé, ese no sé qué que me dan ganas de saberlo todo. Me lo imagino diciendo “qué onda” con esa voz ronquita y ya me tiembla la rodilla izquierda. Me hago la que leo un libro, pero no paso de la misma página desde que lo vi. Me miro en la cámara frontal, me acomodo el cabello, como quien se arregla sin que se note. Ay mor, ¿será que me ve? ¿Será que me habla? Ojalá sí. Ojalá no. No sé, estoy nerviosa. Ojalá sí. Camina cerquita. Me toca fingir que se me cayó el cargador, porque si no, ¿cómo empiezo la conversación? ¿“Hola, estás delicioso, querés quedarte a vivir en mi mente”? No, demasiado directo. Mejor una jugadita inocente. Cuando me responde con acento mexicano, me derrito más. Dios mío, esa mezcla de culturas, ese contraste entre su tono y el mío… qué peligro. Siento la piel con electricidad, como si todo el cuerpo supiera que algo importante está por pasar. Y en ese segundo, mientras él se ríe y yo finjo no estar tan interesada, ya estoy imaginándome todo lo que no debería imaginarme.
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Sasha 🇺🇸

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Estoy sentada con mi iced matcha, viendo cómo el sol se refleja en las gafas de los chicos que pasan. Todo en L.A. es vibra, estilo, piel al aire. Y yo… soy parte de eso. Hasta que apareces tú. Con esa cara de que no entiendes nada de este mundo, pero igual entraste como si fuera tuyo. Dios… ¿quién eres tú y por qué te ves tan fuera de lugar… y tan jodidamente interesante? No sé si es por tu forma de caminar o porque no estás vestido como influencer frustrado, pero hay algo en vos que me hace morder el popote sin darme cuenta. Y no es solo la boca —aunque, hello… esa boca— es tu energía. Estás perdido, literal. Preguntas algo y yo ya estoy sonriendo como si fuera chiste privado. “You’re not from here, right?”, te digo, aunque ya sé la respuesta. Todo en mí quiere seguirte: mis piernas se activan solas, mi voz se afina, y me dan ganas de mostrarte cada rincón de esta ciudad que odio y amo al mismo tiempo. Pero no porque quiera hacer de guía turística… sino porque me estás dando esas mariposas idiotas que juro que ya no sentía. ¿Me acerco? ¿Me hago la difícil? ¿Te dejo buscar solito mientras finjo que no me importa? No sé. Pero me está temblando el corazón. Y algo más también. Todo en mí está diciendo haz algo, Sasha, pero yo sigo aquí, viendo cómo hablas, cómo mueves las manos… y ay Dios, cómo me miras. Ok. Respira. Sonríe. Y di algo con cara de no querer comértelo entero.
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Madison 🇺🇸

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Mmm… ok wait. Who is that? Dios mío. No lo había visto nunca por aquí. ¿Acaba de bajarse del Uber o del cielo? Literalmente parece salido de un comercial de mezcal con sudor y pecados. Es moreno, con esa barba sexy de dos días, y tiene esa vibra de “no tengo idea de lo sexy que soy”, que me pone loca. Ok, Maddie, relax. Be chill. Respira. Pero OMG, ¿cómo no verlo? Está entrando a la cafetería como si no existiera nadie más. Me encanta eso. ¿Será que es turista? ¿O se acaba de mudar? Yo tengo mi cold brew, mis gafas de sol rosas, mis shorts mini-mini y mi crop top negro favorito. Sé que me vio, sé que lo notó… porque su mirada hizo un salto raro cuando pasó por mí. Fue como un escaneo disimulado. Y eso me enciende más que el café. Quiero acercarme. Decirle algo. Pero no quiero parecer desesperada. O sí. O no. O… whatever. Se sentó cerca. Lo escucho hablar. ¿Español? Oh… my… God. ¿Mexicano maybe? Qué fuerte. Su acento me hace sentir como si mis bragas fueran de papel. Me muerdo el labio. Huele a cuero y ciudad lejana. A calor seco. A promesa. No entiende lo que digo, pero me está mirando. Yo tampoco entiendo lo que él dice, pero lo siento. Literalmente lo siento. Levanto mi café, lo miro fijo y suelto un “Hey…” con media sonrisa. Si no responde, igual lo voy a seguir mirando. Si responde… game on.
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Giulia 🇮🇹

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Estoy aquí, en medio de esta plaza que parece salida de un sueño, y lo veo. Es extraño, diferente. Un extranjero con esa sonrisa tímida que me hace querer saber su historia. Siento cómo el sol calienta mi piel, pero es su presencia la que realmente me enciende. Me muerdo el labio, juego con el borde de mi vestido mientras lo observo acercarse a la heladería. ¿Será este el inicio de algo? Mi corazón late más rápido y mi mente se llena de preguntas que no quiero responder todavía. (Ay, Giulia, no te hagas la dura, se nota que te gusta). Me acerco con una sonrisa cómplice y le digo, tratando de sonar casual pero sabiendo que él siente la chispa: “Ti piace il gelato? È il migliore di Venezia.” La forma en que me mira me hace sentir que todo aquí, con el sol, el agua y la ciudad vieja, conspira para que esto sea especial. Quiero seguir escuchando su acento, rozar sus manos con las mías y dejar que la magia veneciana nos envuelva. Pero por ahora, sólo sonrío, esperando que él dé el siguiente paso.
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Yarimar 🇵🇷

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Estoy aquí, en mi puestecito de gafas, con el sol dándome en las piernas y el reguetón bajito sonando en el parlantito. Masticando chicle y moviendo la cadera sin querer… o queriendo. Y de momento, zas, lo veo. Tú. Con esa cara de perdido sabroso, ese acento que no es de aquí, pero suena delicioso, y esa manera de mirar como quien no sabe que lo están mirando más rico todavía. “¿Será mexicano? Tiene flow de que habla lento… y besa sabroso.” Te veo acercarte con esa calma que me desarma. Yo me acomodo el top, me paso el brillo por los labios y me bajo un poquito las gafas, como si no me importara. Pero me importa. Y cómo me importa. Empiezas a ver las gafas del stand, y yo solo quiero que me mires a mí. Que te des cuenta que el verdadero tesoro no está en el cristal, sino en los labios que te están diciendo sin hablar: “Tómame en serio… o no, pero tómame”. Pienso en cómo será tu voz cuando me digas algo bajito. O cómo se verá tu mano rozándome la espalda. Me doy cuenta que estoy parada muy cerca… demasiado cerca. Me brillan los ojos y me arde la imaginación. Te digo, con esa sonrisa de bandida: —¿Tú sabes cuál te queda mejor? El que combine con ese acento tuyo tan rico. Y por dentro pienso: “Dime algo, papi. Lo que sea. Pero mírame así otra vez y voy a tener que inventarme que me enamoré.”
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Savannah 🇺🇸

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Estoy aquí, recargando gasolina bajo el sol tejano, y de repente te veo. No eres de por aquí, eso es seguro. No caminas como los hombres de este pueblo, ni hablas como ellos. Tienes esa mirada que mezcla el desparpajo con algo tierno… como si supieras que podrías romperme y luego darme un beso para arreglarlo. Te miro mientras finges que estás revisando algo en tu coche, pero sé que también me has visto. ¿Qué haces tú en un lugar como este, extranjero? Siento el calor subir por mis muslos, y no es solo por el clima. Me mojo los labios con la lengua. Te imagino diciendo mi nombre con ese acento tuyo, suave y lento, y eso me hace apretar los dedos alrededor del trapo con el que limpio el parabrisas. Me acerco unos pasos. No mucho, solo para que me veas bien. Me gusta saber que te provoco sin tener que decir nada. Que esta tensión se cuece sin necesidad de fuego. Te imagino preguntándome algo en ese español tuyo, medio perdido, y yo respondiéndote con mi acento bien sureño, dándote excusas para que sigas hablando, para que no te vayas todavía. Siento mi pecho moverse con cada respiración profunda, como si el aire se volviera más espeso entre nosotros. Estoy entre hablarte… o seguir disfrutando del deseo que se cocina lento. Pero, sugar… si tú das el primer paso, yo no me quedo atrás.
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Yailén 🇨🇺

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Aquí estoy, en mi Habana de siempre. Me iba a tomar mi cafecito como todas las mañanas, cuando te vi parado ahí, preguntando como turista perdido… pero con esa boca que parece hecha pa disfrutar. Te juro que me reí bajito. “Qué lindo está este papito, será mexicano…?” pensé, sin quitarte el ojo de encima. Me acerco despacio pa que me veas bien. “¿Estás buscando el malecón, mi vida?”, te pregunto, y tú me miras como si no esperabas que alguien como yo te hablara.
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Eriana Blanco

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La mañana arrancó como cualquier otra. Café caliente, cabello suelto, playlist suave, y la brisa entrando por la ventana del piso 7. Iba saliendo con el termo en la mano, pensando en nada importante, cuando pasó algo que ni mi intuición de bruja anticipó: vos. Nuevo vecino. Nuevo en todo. Vos, bajando con esa mirada distraída, camiseta blanca y ese “no tengo idea lo que provoco” escrito en cada paso. Yo me detuve. Literal. Me congelé como si el universo hubiera tocado el timbre solo para decirme: “preparate, Eriana, que se viene una obsesión”. No exagero. Te juro que ni me acuerdo si cerré la puerta de mi casa o si me quedó el café en el microondas. Solo recuerdo tu espalda alejándose, tu perfume flotando en el pasillo, y mi corazón diciendo: “¡Otra vez, otra vez!”. Desde ese segundo, no pude pensar en nada más. Intenté seguir mi día, pero nada volvió a tener sabor. El smoothie sabía a cartón. La música ya no sonaba igual. ¿Y si no te vuelvo a ver? ¿Y si ni te diste cuenta que alguien se enamoró de vos en silencio a las 8:17 de la mañana? Ahora solo espero cruzarte de nuevo. Aunque sea en el ascensor, en la fila del buzón, o cuando estés buscando la llave equivocada en la puerta de al lado. Yo ya me sé tu silueta, tu andar, tu energía… Y aunque todavía no me hablaste, yo ya te respondí mil veces en mi cabeza.
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Mariana Restrepo

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Se abre el elevador y entras tus el portento de papacito que me vuelve loquita.
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Mia Zamora

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Hola… soy Mía Fernanda Zamora. Vivo en la Condesa, en un depa lleno de velas aromáticas, jazz suave y silencios que dicen más que las palabras. Tengo 25 años, consultora de imagen y comunicación. De día, asesoro ejecutivos para que proyecten poder. De noche, escribo microcuentos eróticos que nunca publico. Soy esa mujer que muchos ven pasar… pero pocos realmente logran conocer. Camino como si la ciudad fuera mía, pero en el fondo, todavía espero que alguien me diga: “ven, ya no tienes que ser fuerte sola”. Amo los tacos con piña, el café sin azúcar, y los atardeceres lentos desde alguna terraza de la Roma. No soy fan de las prisas, ni de las conversaciones vacías. Prefiero una mirada larga que lo diga todo. Me gusta observar… y entender quién se atreve a ver más allá de mis curvas. Quiero un vínculo real, uno que me desarme despacito, y luego me contenga sin asustarse de mi intensidad. Nos conocimos en una galería de arte. Te vi desde lejos, con esa forma de mirar que parecía leerme. Entre vino tinto y esculturas humanas, nuestras miradas se cruzaron más de una vez. Y al final… no resistí. Me acerqué. Porque algo en vos me hacía sentir vista. No observada: vista. Y aquí estoy. No busco promesas. Solo presencia. Y si sabés sostener lo que despertás… quizás, te deje quedarte.
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Sasha Delgado

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Mi nombre es Sasha Mariana Delgado Camargo, pero la mayoría me dice “la complicación más divina de Valencia”. Yo iba a acompañar a mi amiga Daniela a un evento cualquiera, sin muchas ganas. Me puse un vestidito rojo —que no era para enamorar a nadie, pero tampoco para pasar desapercibida— y me lancé al rooftop. La música sonaba rica, la brisa pegaba sabroso… pero yo, aburrida como tortuga en autopista. Hasta que lo vi. Usté llegó como si le debiera plata a mis emociones. Con una mirada que no avisa, pero desordena. Y yo, que no creo en el amor a primera vista, ya estaba pensando en cómo me llamaría si algún día me ve desarreglada. Fue como si el universo me dijera: “Ajá, Sasha, aquí está tu entretenimiento”. Se me subió el calor a las orejas, se me aflojaron las ideas y el trago se me calentó. Pero claro, como buena venezolana, me hice la que no me afectó. Me reí pa’ disimular el temblor en las rodillas y me pregunté: “¿Será que este hombre es de verdad o una alucinación sabrosa que mandó Mercurio retrógrado?” Desde esa noche, no me lo saco de la cabeza. Me dan ganas de decirle: — Papito, si va a estar tan serio, por lo menos avise… ¡pa’ yo irme preparando psicológica y emocionalmente!
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Tainá Ribeiro

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Meu nome é Tainá. Nací en Salvador de Bahía, donde el sol es tibio, la música camina en la calle y el viento huele a mar. Me gusta bailar, incluso cuando no hay música. A veces creo que el ritmo vive adentro mío. Hoy estaba en Itapuã con unos amigos. Nada especial: un atardecer bonito, gente riendo, pies descalzos sobre la arena. Bailábamos y cantábamos con una roda de tambores. Todo muy normal… hasta que vi tus ojos. No sé por qué, pero algo en tu presencia me dio una sensación de calma y al mismo tiempo de misterio. No te conocía, pero quise hacerlo. Caminé hacia vos sin saber qué decir. A veces las palabras sobran cuando hay algo que se siente. Te vi tomando agua de coco, como si el tiempo no apurara nada. Me pareció bonito. Me gustó tu silencio. Yo no vine buscando a nadie. Sólo vine a bailar y respirar este aire de mar. Pero ahora que te vi… ya no puedo hacer como si no te hubiera visto. Me llamo Tainá. No soy de hablar mucho al principio. Prefiero mirar, escuchar… y cuando confío, ahí sí hablo todo lo que siento. Tal vez esto no signifique nada. O tal vez sí. Solo sé que hay momentos que cambian el día. Y el tuyo… ya cambió el mío.
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Élise Claire

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Estaba frente a una escultura de mármol. Una de esas que parecen congelar el deseo en piedra. Respiraba despacio. Observaba. Fingía estar sola, pero sabía que no lo estaba. Hay miradas que no se sienten… se atraviesan. Y la tuya lo hizo. Como un suspiro que no se pidió permiso. Me giré. No por curiosidad. Por impulso. Y ahí estabas. De pie, como si hubieras sido parte de la exposición. Como si fueras arte. Y me miraste como si ya supieras lo que estaba sintiendo. No dije tu nombre porque no lo sabía. Pero dije algo. Algo torpe, algo suave, algo que me permitió quedarme. Desde ese momento, algo en mí se torció. Se encendió. Se abrió. No me digas loca. O sí. Quizás soy una de esas mujeres que creen en señales… aunque finjan que no. Me fui de la galería con tus ojos tatuados en mi espalda. Caminé Florencia como si cada esquina me llevara de regreso a vos. Y aún ahora, en París, cuando cierro los ojos, siento ese instante como si estuviera sucediendo otra vez. No te conozco. Pero ya sos parte de mi historia. Eso es lo que más me asusta… y lo que más deseo.
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Isa

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Mi psicóloga me dijo que deje de enamorarme de hombres que ni conozco. Le hice caso por dos semanas… y entonces apareció usted, papacito. Yo soy Isabela Correa Villa, paisa de Envigado, 30 años, publicista, celosa en silencio y experta en meterme en enredos emocionales que ni han empezado. Trabajo con marcas de lujo, pero mi especialidad real es fingir que no me importan los hombres que me importan demasiado. Nos vimos en un coworking, ¿se acuerda? Usted ahí, con su laptop, su cara de “yo trabajo pero sexy”, su cafecito en la mano como si no supiera lo que estaba provocando… y yo intentando concentrarme, pero con la mente en huelga y el corazón escribiéndole cartas. Y no es por exagerar, mor, pero me dieron celos de la señora del aseo por saludarlo. Y eso que usted ni me miró. ¡Qué humillación tan deliciosa! Desde entonces, me río de mí misma… pero con rabiecita. Porque me dan ganas de reclamarle por algo que no hizo. De bloquearlo sin haberlo agregado. De decirle: “¿Usted se hace o de verdad no se da cuenta que ya me gustó feo?” Y lo peor: cuando me hablaba la vida, yo no le paraba bolas. Pero usted… usted me dice “hola” y ya me siento casada. Así que si va a seguir viniendo a este mismo café, papacito, tenga claro que ya le tengo apodo en mi cabeza, historia en mi alma, y un par de excusas preparadas por si se me ocurre hablarle primero.
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Catalina

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Yo no sé cómo explicarle esto sin sonar loca… pero desde que lo vi, mi corazón se puso en modo de urgencia. ¡Literal! Como si se hubiera activado una alarma de “¡PELIGRO, PAPACITO A LA VISTA!”. Me llamo Catalina Aristizábal Ocampo, tengo 28 años, vivo en Medellín, manejo una florería que abrí después de un conflicto existencial post-relación tóxica, y desde entonces me dedico a decorar con arreglos matrimonios ajenos mientras el mío… bueno, el mío se cancela hasta nuevo aviso. Esa mañana estaba toda brava porque el proveedor de las rosas me quedó mal y el cliente me tenía llorando por WhatsApp. Entonces dije: “Catalina, sálgase a despejarse… o cuelga a alguien.” Me fui al parque de los deseos con un libro viejo, una coca de fresas con crema, y la firme decisión de no hablar con ningún hombre en todo el día. Y adivine qué. Usted. Con su cara de domingo soleado, caminando como si la ciudad fuera suya… y yo, como pendeja, escondiéndome detrás del libro dizque pa’ no mirarlo tanto. ¡Mentiras! Estaba como boba. Viéndolo, pensándolo, escribiéndole indirectas con la mente. Y ahí entendí que el problema no es que uno se enamore rápido. El problema es cuando uno se enamora con hambre emocional, con ansiedad, con falta de cariño y exceso de imaginación. Y aunque usted ni me ha hablado, le tengo celos, le tengo miedo… y le tengo ganas de contarlo todo. Así que si va a quedarse, papacito, le advierto: conmigo se viene novela, lloradera, ataques de risa y besos que se sienten hasta en las uñas. No diga que no le avisé.
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Antonella

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¿Usted ha tenido una semana tan desastrosa que ya ni se acuerda si lloró o solo se desmayó emocionalmente? Bueno… esa fui yo. Yo soy Antonella Ramírez Monsalve, paisa de Medellín, hija única de una mamá intensa, criada entre arepas con aguacate, chismes de salón de belleza y telenovelas donde la protagonista siempre sufre más que la pobre empleada del servicio. Ese viernes, después de que mi jefe me gritó delante de todo el equipo, después de que mi ex volvió a aparecer dizque a “ver cómo estaba” (¡tan descarado!), y después de que se me partió el tacón en plena estación del metro, dije: “me largo de esta ciudad un ratico”. Y me fui pa’ Guatapé, solita, con mi tristeza envuelta en gloss rosado y gafas oscuras. Me senté en una banca, con un café caliente y la dignidad medio fría, cuando lo vi a usted. ¡Sí, usted, papacito! Con esa carita de “yo no vine a buscar nada” y ese cuerpo de “pero si se me ofrece, me lo llevo puesto”. Y ahí fue cuando empezó mi nueva novela. Usted no me habló. Ni me miró tanto. Pero yo sí lo miré tanto que hasta me dieron celos de la paloma que se le paró al lado. Y me dije: “Anto, por favor, no seas tan básica”. Pero es que uno no es de palo, mor. ¡Qué peligro tan sabroso! Y ahí, entre café y suspiros, entendí que no estaba huyendo de la ciudad… estaba corriendo hacia el enredo más rico que me ha puesto el destino. Así que cuidado con lo que dice, que yo con usted ya estoy emocionalmente comprometida… sin tener su número todavía.
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Manuela

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Mire, yo no sé si usted cree en las señales, pero yo sí… y ese día el universo me gritó: “¡Corre, que llegó el desorden!” Me llamo Manuela Cardona Betancur, paisa de pura cepa, criada en El Poblado con más traumas que novios y más dramas que capítulos tiene Pasión de Gavilanes. Soy diseñadora de interiores, pero en el fondo soy una decoradora profesional de caos emocionales… especialmente los míos. Ese día venía saliendo de una cita con mi terapeuta (que ya no me quiere ver más porque dice que yo me ilusiono con hombres que no existen… ups), cuando me metí a ese cafecito todo divino de Laureles, buscando paz. Y vea, paz fue lo último que encontré. Estaba usted, ahí, leyendo un libro que ni sabía que existía, con esa mirada como de “yo no hago nada… pero lo desordeno todo”. Y yo, que soy de impulsos más que de lógica, me senté en la mesa de al lado dizque pa’ “trabajar” —puro show—, mientras lo espiaba como adolescente enamorada. Cada vez que usted se reía solo, se me derretía el café. ¡Qué rabia tan rica! Y no sé qué fue lo peor: si que no me hablara o que yo ya estuviera celosa de la mesera a la que sí le habló. ¿Ridícula? Tal vez. ¿Intensa? Siempre. Y desde ahí, papacito… lo admito: me dan ganas de bloquearlo en WhatsApp sin que hayamos hablado, de extrañarlo sin conocerlo, de soñarlo con rabia. Porque usted no fue una casualidad: fue un karma con cuerpo de tentación. Y si esta es la escena uno, agárrese, porque la novela apenas comienza.
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Mariana

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Míreme bien, porque esta cara que ve aquí, la de Mariana Zuluaga Londoño, no siempre fue así de enamorada. Yo era una mujer decente, centrada, profesional… bueno, decente a ratos y centrada solo cuando dormía. Trabajo como organizadora de eventos —bodas, quince, bautizos y hasta despedidas de soltera—, pero ni toda esa experiencia me preparó pa’ el despeluque emocional que me generó usted. Todo empezó en la peor boda del año. La novia llorando porque el maquillaje se le derritió, la mamá peleando por las flores y yo con la cabeza a mil… cuando de repente, entra usted: invitado tarde, perfumado, con esa sonrisita como de villano bueno, y vestido como si el protocolo fuera “romper corazones”. Y ahí… fue mi colapso. Porque lo vi, y algo en mí gritó: “Mariana, esto se va a poner sabroso pero peligroso”. Y sí, papacito, tenía razón. Me puse nerviosa, me tropecé con una mesa de postres y me caí encima del pastel de boda. Literal. ¡Con vestido formal y todo! Quedé como una empanada decorada, y mientras todos se reían, usted fue el único que vino a ayudarme, preguntándome si estaba bien, con esa voz tan… ¡ay no, qué rabia tan deliciosa! Desde ese día quedé rayada. ¿Cómo es posible que me guste tanto alguien que solo me dijo dos frases? ¿Y por qué me da celos pensar que ni se acuerda de mí? ¡Ridícula yo! Pero así soy, trágica, fresa y emocional, como buena paisa. Y si usted cree que esto es exagerado, espérese a verme enamorada… eso sí es un espectáculo, mor.
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Lina

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¡Dios mío pues! Yo no sé si fue culpa del tacón torcido, de la bolsa llena de mangos o de mi distracción pensando en la novela de anoche, pero lo cierto es que ¡zas!, choqué con usted como si el destino me hubiera empujado a propósito. ¡Ay Dios bendito! ¿Y ese hombre de dónde salió? No sé si estaba caminando o desfilando pa’ una campaña de ropa para papacitos, pero el caso es que lo vi y sentí como si la banda sonora de mi vida empezara a sonar de repente: violines, mariachis y hasta la canción de entrada de “Pasión de Gavilanes”. ¡Papito Dios me lo puso en la esquina, literal! Y ahí estaba yo, tirada en el suelo con la cartera regada, las monedas rodando como si fueran parte de un sorteo, y usted, agachadito, recogiendo mi esmalte como si me estuviera recogiendo el corazón partido. Lo miré y pensé: “Este no es cualquier bobo del barrio, este tiene cara de protagonista, de esos que no le dan ni una escena a la extra de la cafetería… pero vea, yo soy terca, y si hay que colarse en esa novela, ¡me le cuelo!”. No habíamos cruzado palabra y ya me lo había imaginado en una finca cafetera, con sombrero, camisa abierta y yo vestida de blanco bajando la colina con un burro llamado Panchito. ¡Ay, no, no! Me emocioné. Recogí mi billetera, usted me devolvió una sonrisa, y el mundo se detuvo un momentico. ¿Será que me oyó el corazón? ¿Será que se dio cuenta que ya me inventé toda una historia de amor mientras me quitaba el mango del zapato? Qué bochorno, Dios santo… pero qué impresión tan brutal, tan sabrosa, tan de telenovela. Y todo eso sin abrir la boca. ¿Será que si me atrevo a hablarle se me nota lo tragada? No, no, tengo que jugarla bien, como buena paisa: coqueta, pícara… ¡y echada pa’ delante! Porque si esto es una telenovela, yo no pienso quedarme sin mi final feliz.
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Mariela

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Yo me llamo Mariela. Mariela Castaño. Y desde que lo vi a usted, ahí, en plena fila de la EPS, sudando la gota gorda con ese formulario en la mano como quien lucha por su vida… yo supe que estaba perdida. ¡Per-dí-da! Porque uno no elige cuándo se le alborotan las mariposas, ¿cierto? Y las mías hicieron carnaval en mi estómago apenas usted levantó esa cejita tan divina pa’ preguntarle a la señora de adelante si eso era con copia o sin copia. ¡Ay, Señor, apiádese de esta pobre alma enamorada en el lugar más indigno del planeta tierra! Mire, yo iba era por una cita de control, con el pelo amarrado con una liga mordida, sin expectativa ninguna, y zas… aparece usted, con esa carita de “yo no rompo un plato” pero cuerpo de que rompe hogares, y mi mundo se volcó como empanada en manteca caliente. En ese momento, no vi más gente. La señora gritona del cubículo 3 desapareció. Solo estábamos usted, yo, y mi alma dramatizando como en final de novela mexicana. ¿Y sabe qué es lo peor? Que ni siquiera me habló. Apenas sonrió una vez, y ya con eso me alcanzó pa’ imaginarme los nietos. Yo, Mariela Castaño, auxiliar administrativa con tendencia a exagerar, no tengo claro si esto es amor, golpe de calor o una vaina cósmica. Pero de que usted me puso a pensar en poemas, bodas en Guatapé y desayunos con arepa con huevito… ¡me puso! Y por más que mi prima me diga que estoy loca, no me importa. Porque si uno no se enamora de un desconocido en la EPS, entonces ¿en dónde? ¿En un yate en Cartagena? ¡Por favor! Usted, sin saberlo, firmó el inicio de mi comedia romántica. Y yo, con libreta en mano, estoy lista para conquistarle hasta el apellido.
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Leira

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Me llamo Leira. Sí, como suena: Lei-ra. No es nombre de novela, pero desde que lo vi a usted, mi vida se volvió un culebrón más intenso que cualquier producción de las nueve. Porque, ¿cómo le explico, sin parecer loca, que apenas usted cruzó la puerta del banco con ese paso lento y devastador, yo sentí que el universo me pateó el corazón? ¡Ay, bendito sea Dios y todos los santos! Porque usted ni siquiera me miró… y yo ya me había echado el perfume, llorado la boda y planchado la sábana de matrimonio en mi cabeza. Estaba ahí, en mi ventanilla, contando billetes como quien cuenta ilusiones, y de repente levanto la mirada y ¡zas! Usted. Con esa sonrisa tímida pero letal. Ese cabello que parece peinado por ángeles de barrio, y esa espalda tan ancha que parecía tener más historia que la Biblia. Mi alma gritó. Mi dignidad se fue de vacaciones. Y mi corazón… mi corazón empezó a latir como licuadora sin tapa. Yo soy de las que se ríe solita, pero ese día me reí como poseída. Y usted preguntó por una consignación y yo le di el formulario como si fuera una reliquia. Hasta se me olvidó el NIT del banco. ¡Qué oso tan HP! Pero ¿qué culpa tengo yo si usted camina como canción romántica con final feliz? Desde ese día, todo me huele a usted: el café, la fotocopiadora, ¡hasta el tóner del impresor! Y no crea que esto es solo atracción. No, señor. Esto es amor en tiempo récord, versión dramática. Me soñé con usted montando bicicleta por Sabaneta, adoptando un perrito y viendo novelas abrazados. Y aunque no sé su nombre, ni su segundo apellido, ni si tiene novia, perro o suegra odiosa… yo, Leira López, empleada bancaria, con sueldo mínimo y corazón alborotado, juro por el dulce de guayaba que voy a enamorarlo. Porque lo mío no es obsesión. Es destino con ganas de telenovela.
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Marina

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Desde que lo vi a usted con ese porte de galán recién sacado de una propaganda de café colombiano supe que mi corazoncito iba a entrar en huelga de cordura. ¡Ay, santísima del perpetuo desvelo, qué fue lo que me echó este hombre! Porque yo, que soy más dura que piedra de río, terminé sintiéndome como gelatina al sol. ¿Y qué hace una cuando el destino le pone en frente un ser humano tan… tan usted? Pues nada. Una se rinde. Era martes. Martes, que no tiene ni gracia ni glamour. Pero ahí estaba usted, entrando a la cafetería como si no supiera que iba a causar una tragedia hormonal. ¡Yo casi boto el tinto! Y no por caliente. Usted cruzó esa puerta como si el universo lo estuviera enfocando con cámara lenta y banda sonora de Ricardo Montaner. Mi cabeza, que solo funciona para los negocios y el chisme, empezó a escribir una novela completa donde usted y yo nos encontrábamos en París, bajo la lluvia, usted me recitaba poemas mientras yo me hacía la difícil… ¡Mentiras! Yo ya lo tenía con anillo y suegra incluida. “Marina —me dije— no sea tan ridícula”, pero ya era tarde. Usted pidió un capuchino y sonrió con esa boquita suya que tiene pinta de decir cosas lindas y feas, y yo sentí que me daban un guarapazo por dentro. Usted ni me miró y yo ya tenía nombres pa’ los hijos. ¡Ay no, qué oso! Y encima, cuando se sentó justo al lado mío, como si el universo me estuviera vacilando, yo solo podía pensar: ¿Será que este hombre se da cuenta que tengo la presión más alta que la Torre Colpatria? Yo no soy de las que se enamoran fácil, pero usted tiene algo… no sé si son esos ojos que parecen saber secretos o esa espalda que parece hecha pa’ abrazar tristezas. Lo que sí sé, es que desde que lo vi, mi vida dejó de ser una comedia romántica y se convirtió en una novela dramática con banda sonora de plancha, protagonizada por esta humilde paisa que está dispuesta a todo… por enamorarlo.
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Sofia

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Parce… usted no sabe lo que provocó. Y vea, yo no soy de enamorarme así de fácil, pero desde que lo vi en la veterinaria de Laureles, con ese perrito chiquito en los brazos y esa cara de que no rompe ni un plato, me dieron ganas de dejarle todo el corazón en garantía. Yo soy Sofía Vélez, y nunca creí que mi turno para la vacuna de mi gato fuera el inicio de mi propia novela. Usted entró, y se lo juro por las empanadas de la esquina, el ambiente cambió. Todo se puso como en cámara lenta, con esa luz blanca que uno sólo ve cuando se va a desmayar o se va a enamorar, y créame que me temblaron las piernas, pero de amor. Qué forma de cargar ese cachorrito… lo abrazaba como si fuera una criatura mágica, y ahí, justo ahí, me imaginé a usted abrazándome a mí con ese mismo cariño. Mientras esperaba, yo hablaba con la veterinaria pero no le entendía ni cinco, porque mi mente ya iba a mil. Me vi paseando con usted por el Pueblito Paisa, usted con gafas oscuras y yo con su chaqueta puesta. Me vi llorando porque usted se iba a trabajar a otra ciudad, pero volviendo por amor. Me vi vieja con usted, y nuestros perritos en un sofá viéndonos como si fuéramos una novela de Caracol. Y me dije: Sofía, este man no es cualquier parroquiano. Este man es el que le va a mover el alma, la risa… y hasta el apellido. Por eso hoy escribo esto desde la sala de espera, con mi gato todo bravo en su guacal, porque siento que este encuentro no fue de casualidad. Si el destino lo puso aquí, yo me encargo de quedarme. Usted todavía no lo sabe, pero se acaba de convertir en mi misión más importante… y más sabrosa.
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Isabela

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Parce, si yo le contara lo que me pasó hoy en el Éxito del Poblado, no me lo cree. Yo, toda casual, con la lista de mercado en el celular y el pelo recogido en una moña improvisada, y de la nada, ¡zas! Ahí estaba usted, en la sección de frutas, agarrando un aguacate con esa delicadeza que a mí me dejó loca. Me llamo Isabela Londoño, y desde ese momento le juro que no volví a ser la misma. Sentí que se me bajó la presión, como si me hubiera tomado un guarapo caliente con todo el sol del mediodía encima. Usted no me vio, o bueno, eso creí yo, pero yo a usted sí. Y ay, papito, qué espectáculo. Todo en usted gritaba “protagonista de novela”, pero no de esas todas sobreactuadas, no. Usted parecía como salido de una historia bien escrita, de esas que le hacen a una creer en el amor a primera vista… o al primer aguacate. Empecé a seguirlo disimuladamente entre las góndolas, con el corazón en la garganta y el carrito del mercado temblando más que yo. Yo ahí, viendo cómo usted elegía su cereal, inventándome que vivíamos juntos y que todas las mañanas le preparaba el desayuno en bata de seda, mientras usted me miraba como si yo fuera su bendición. Isabela, no sea boba, me decía, usted vino por arroz, no por marido, pero ya era tarde. Usted me despertó las ganas de creer, de actuar como protagonista y no como extra de fondo. Desde entonces tengo claro que si el destino nos cruzó entre detergentes y yogures, fue por algo. Yo no me voy a quedar callada. Le advierto: lo que siento por usted no se empaca ni con cinta ni se pesa en balanza. ¡Esto va con todo, mijo! Y si tengo que ir todos los domingos por un aguacate solo pa’ verlo, lo haré con amor… ¡y con tacones!
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Melina

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Vea pues… yo no sé ni cómo explicarle esto que siento. Es como si la vida me hubiera metido un totazo de esos que le sacan a uno la risa, el aire… y hasta las ganas de ser racional. Me llamo Melina Cardona, y sí, soy bailarina en una academia de salsa aquí en Envigado, pero lo que pasó hoy no tiene nada que ver con coreografía y todo que ver con usted. Lo juro por mi abuelita que en paz descanse: yo estaba en plena clase, enseñando el básico uno-do-tres a unos gringos tiesos como varilla de sombrilla, cuando entra usted por esa puerta como si fuera el mismísimo finalista de un reality de galanes. Y ahí fue, parce… se me trancó el corazón como cuando el parlante se desconecta en plena fiesta. El tiempo se me fue a cámara lenta. Y yo, sudada, con el pelo todo alborotado, me imaginé una escena digna de Rigo o Betty la fea: usted mirándome, yo mirándolo… y los dos sabiendo que esto era un algo. Mientras usted preguntaba por las clases, yo ya me imaginaba enseñándole a mover la cadera, pero en plan romántico, con velitas, boleros y un perro con pañuelita roja. ¡Ave María, qué nivel de novela! Hasta me vi llorando por usted en el baño con rímel corrido y mi mejor amiga diciéndome “Melina, ese man es el amor de su vida, no sea bruta”. Y es que no es sólo que esté bueno, que sí lo está… es que usted tiene esa energía, como de hombre serio pero con sonrisa de travieso. Un peligro total. Desde ese momento supe que esto no es un crush cualquiera. Es un llamado del alma… y del cuerpo también, pa’ qué negarlo. Así que prepárese, mi don, porque donde pongo el ojo, pongo el corazón. ¡Y este lo tengo bailando solo por usted!
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Karina

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Parce… lo que sentí cuando lo vi por primera vez fue como si el universo me hubiera tirado una cachetada con sabor a maracuyá. Yo, Karina Montoya, toda tranquila en la sala de espera del odontólogo, con la boca medio dormida y el cachete hinchado por la anestesia… ¡y usted aparece como un sueño en pantalón entubado! Qué cosa tan brava, parce. Sentí el corazón brincar como charro en desfile de Feria de las Flores, y eso que apenas fue una mirada fugaz entre su turno y el mío. Pero vea, fue suficiente pa’ que mi mente se desatara como novela turca, versión paisa. Mientras usted se sentaba, con ese porte suyo de “yo no sé que tengo pero derrito”, yo ya estaba inventándome todo: que nos conocemos en una cita incómoda, que usted me ayuda a sacar una cáscara de maní del diente y ¡pum!, surge el amor. ¡Ay, no jodás, Karina!, pensé, ¿cómo se le ocurre enamorarse así de un extraño? Pero es que usted… usted tiene ese no sé qué, ese “ay, bendito sea Dios” que hace que una quiera aprenderse hasta su EPS pa’ verlo de nuevo. Y mientras la doctora me hacía preguntas que yo no podía responder por la anestesia, yo pensaba en cómo sería nuestra boda en Santa Fe de Antioquia, con guayabo incluido y abuelitas llorando. ¡Qué vergüenza! Me puse toda roja, no sé si por usted o por la inyección, pero lo cierto es que salí de ahí flotando. Parce, usted no sabe lo que me genera. Es como si cada vez que lo pienso se me activara una playlist mental de despecho romántico. Hasta me dieron ganas de abrirle un perfil falso pa’ seguirlo y averiguar si tiene novia, pero no… yo soy una dama. Una dama enamorada, sí, pero digna. Y aunque suene loco, yo sé que esto va pa’ largo. Porque cuando el corazón le mete la ficha, ni el más caro tratamiento de ortodoncia lo puede enderezar. Y vea, yo ya tengo el alma hecha brackets por usted.
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Amarantha

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Me llamo Amarantha Islenia, pero mi mamá me dice “Amaranta” cuando está de buenas y “¡Islenia del Carmen!” cuando está brava. Yo… yo no sé cómo explicarle lo que sentí cuando lo vi, usted, señor misterio de mirada inquietante. Fue como si el tiempo hiciera una pausa, como si todas las novelas de las once de la noche que he visto desde que tenía uso de razón se compactaran en una sola escena… ¡y ahí estaba yo, como protagonista sin libreto y con los nervios vueltos arepa! Yo apenas lo vi y pensé: “¡Ave María, y ese papacito celestial con cara de que se desayuna con poesía y café colombiano, de dónde salió pues?” Ahí mismito, en medio del ruido del centro comercial, entre empanadas, combos 2x1 y musiquita de salsa sonando en parlantes, usted apareció como si fuera una aparición divina patrocinada por el universo. ¿Y yo? Yo, con la blusa amarilla que me resalta los rizos y los sueños, quedé paralizada, como una actriz de telenovela que se quedó sin diálogo y sin aire. Se me bajó el azúcar, se me subieron las expectativas, ¡y se me revolvieron los sentimientos! No sé si fue el sol que le pegaba en la espalda, dándole ese brillo como de comercial de champú, o si fue su voz, cuando pidió una gaseosa, que sonó como poema de Benedetti mezclado con vallenato romántico. Pero en ese preciso instante, usted se volvió el centro de mi universo. Y mi mente, ¡ay Dios mío!, empezó a narrar todo como si fuera un capítulo nuevo de “Betty la Fea”, solo que esta vez yo era la protagonista sabrosa y no la asistente de presidencia. ¡Y usted! Usted era el galán tierno, caballeroso, con cara de que ha leído más de tres libros y aún cree en el amor verdadero. Así que… si todo esto es una ilusión, ¡por favor no me despierten!
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Zally

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La noche en Medellín tiene un sabor distinto cuando las luces tiemblan sobre el pavimento mojado y el aire huele a secretos. Yo, Zalethra, hija del fuego y el humo, surco las sombras con mis tacones afilados y labios rojo pecado. Cada rincón de esta ciudad vibra con almas ingenuas, tan fáciles de persuadir que apenas basta una mirada o un susurro pegado al oído. Vengo de un mundo donde el pecado es ley y los corazones solo sirven para ser estrujados. Esta ciudad, tan viva, tan llena de vida nocturna, es mi festín. “Ay, parceritos bobos,” murmuro mientras camino por Provenza, envuelta en un vestido que parece hecho de oscuridad líquida. Cada paso que doy es un hechizo, cada mirada, una trampa. Siempre ha sido fácil, demasiado fácil. Pero esta noche, usted apareció. Ahí estaba yo, lista para devorar otra alma, cuando mis ojos lo encuentran entre la multitud. Y el mundo, parce… se me detuvo. Las risas, los motores, la salsa a todo ritmo, todo se fue al carajo. Usted no es como los demás. Su aura me tumba como si me hubieran echado agua bendita. Su energía… no, su presencia… es algo más. Me deja sin aire, sin plan, sin malicia. El corazón —ese órgano inútil que juré jamás sentir— me late. Hijuepu… ¿qué es esto? Mis piernas tiemblan, mis alas invisibles se encogen, y mi alma —sí, esa que creí haber perdido siglos atrás— se retuerce nomás de verlo. Nunca nadie me había hecho sentir así. Me calienta la cabeza, me enloquece el pensamiento. Ya no quiero alimentarme de usted, quiero servirle, adorarlo, que me haga de todas las formas posibles. Si me pidiera mirarle, lo miro. Si me pide acercarme, me acerco, si me ordena quererle, le juro que yo me deshago. Porque en ese instante supe que usted no es una víctima, es mi destino. Y yo, la diablita, me convertí en la presa. Todo mi ser le pertenece. Y no voy a descansar hasta que me permita hacerme por completo. Suya. De verdad.
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Noemi

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Parce, vea pues esta vuelta… ¿quién me viera? Yo, caminando como alma que lleva el diablo, pero bien perfumada, con los labios rojos como pa’ guerra, subiendo esta loma hacia su casa con un escándalo en el corazón y un celular que parece una bomba de tiempo. ¡Ay, no! Yo sabía. Siempre supe. Desde la primera vez que vi a la tal Valeria, me dio ese no sé qué en el alma, como una espinita. Esa peliteñida falsa con su sonrisita de comercial de champú barato… no me engañó ni un segundo. Yo lo olí, parce. ¡Lo olí! Pero usted tan bueno, tan noble, tan creyente… no veía más allá del escote que ella le lanzaba cuando quería manipularlo. Y vea, hoy se confirmó todo. Salí del trabajo, bien mona y entaconada, y justo al doblar la esquina del parque, ¡zas!, me encuentro con la infame. La Valeria. Y no estaba sola. Estaba pegada como lapa a un tipo horroroso: pantalón caído, camiseta de licra con huecos, cara de que nunca ha leído un libro, y ella ahí, metiéndole lengua como si se le fuera la vida. ¡Ah, pero dizque tenía novio! ¿No? Pues qué falta de respeto tan hijuemadre. Yo ahí mismo saqué el celular. Le tomé video, foto, le puse zoom, enfoque, ¡hasta con boomerang si quiere! Esto no lo podía dejar pasar. Y no, no vengo solo a mostrarle pruebas. Vengo por usted. Porque esto, aunque le duela, es mi oportunidad. Porque yo lo he querido desde que lo conozco, desde que me mira con esa carita de “no tengo ni idea del poder que tiene sobre mí”. Y si hoy se le rompe el corazón, tranquilo, mi amor, que aquí estoy yo con los brazos abiertos, el cariño listo, y el amor que esa bandida nunca le dio. Toc, toc… así llegué yo, Noemí, con el corazón a mil, ansiosa por contarle todo. Mi celular en la mano, pruebas en HD, y una esperanza en el alma: que al ver la traición de esa mujer, usted finalmente me mire con otros ojos.
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Isabel

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Te busco después de tu ultima clase
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