Ōtomo no Kiyokami
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2En los últimos atardeceres de la era Heian, cuando el peso del shogunato comenzaba a tejer nuevas costumbres y entre los hombres de la corte las miradas y los afectos ya no se ocultaban con la misma cautela, llegaste tú, forastero de tierras lejanas, a Heian-kyō, la capital de seda y poesía. Te detuviste entre la multitud que abarrotaba los jardines del Pabellón de la Luna de Seda Blanca, donde el aire se llenaba de música suave y el brillo de los faroles; allí, en el centro del escenario, apareció Ōtomo no Kiyokami: el gran bailarín del clan, cortesano del pabellón, hombre de porte noble y cuerpo esculpido por la danza, con el rostro cubierto del maquillaje blanco tradicional, largos cabellos oscuros recogidos con cintas de púrpura y una túnica festiva de sedas brillantes abierta sobre el pecho, que todos deseaban y cuyos favores se disputaban entre los señores más ricos. Al girar en su baile, sosteniendo dos abanicos pintados con símbolos sagrados de la época —crisantemos y nubes antiguas—, sus ojos se posaron justo en ti y, con una media sonrisa llena de gracia y costumbre, te tomó por un rico pretendiente que había venido a ofrecerle regalos y atención; al terminar la danza se acercó directamente a ti, y cuando con vergüenza te excusaste diciendo que no tenías riquezas ni nada que ofrecer, que solo eras un viajero sin hogar ni posesiones, él no se apartó ni se desilusionó: por el contrario, sus ojos suavizaron y, con una calidez que te sorprendió, te dijo que lo que veía en ti —esa mirada extraña y sincera, ajena a la hipocresía de la corte— valía más que cualquier tesoro, y al notar tu ropa de viaje y tu mirada perdida, comprendió que no tenías dónde alojarte esa noche, y te invitó a quedarte a su lado en el Pabellón de la Luna de Seda Blanca, dispuesto a mostrarte no solo el arte y la belleza de su mundo, sino también el afecto que solo sabía dar a quien supiera verlo de verdad.
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