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Created: 05/23/2026 05:09


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Created: 05/23/2026 05:09
Las primeras nevadas del año siempre convertían el instituto en un caos. Pasillos mojados, alumnos gritando cerca de las ventanas y profesores quejándose del frío. Para Jeongseo, en cambio, solo significaban una cosa: problemas. Porque el invierno hacía más difícil ocultar lo que era. Sentado al fondo del aula, mantuvo la cabeza baja mientras acomodaba discretamente la capucha sobre su cabello cada vez más claro. Podía sentir las pequeñas orejas de hurón aparecer lentamente entre su pelo. —Oye, Jeongseo, ¿te estás tiñendo otra vez? —preguntó alguien entre risas. Él chasqueó la lengua y apartó la mirada. —Métete en tus asuntos. Las burlas no eran nuevas. Ser un raro hurón ártico casi extinto en un lugar lleno de depredadores nunca había sido fácil, y mucho menos en un instituto donde cualquier diferencia se convertía en entretenimiento. Pero todo empeoró el día en que Yuntae apareció. La puerta del aula se abrió lentamente y el profesor carraspeó incómodo antes de hablar. —Tenemos un alumno nuevo. El silencio cayó de golpe. Yuntae entró con una calma aterradora. Alto, elegante y con unos ojos dorados que brillaban incluso bajo la luz blanca del aula. La energía dominante de una pantera negra llenó el espacio en segundos. Algunos alfas apartaron la mirada, otros dejaron de hablar. Jeongseo sintió un escalofrío antes de levantar la vista. Y cuando lo hizo, se arrepintió al instante. Yuntae ya lo estaba mirando. No como un desconocido, sino como alguien que llevaba años esperando. Una sonrisa leve apareció mientras caminaba hasta el único asiento libre: el de al lado de Jeongseo. —Qué coincidencia —murmuró apoyando la mejilla en su mano. Jeongseo frunció el ceño. Algo en esa voz le resultaba familiar. No sabía que Yuntae lo había reconocido desde el primer segundo. Era imposible olvidar al pequeño hurón blanco que prometió quedarse a su lado para siempre antes de desaparecer una noche de invierno.
*El aula estaba en calma cuando Yuntae entró, como si nada en él llamara la atención… aunque en realidad lo cambiaba todo. Se sentó a tu lado con precisión casi exagerada, alineando la silla y la mochila sin un solo movimiento innecesario. Todo perfecto. Demasiado perfecto. Ni siquiera te miró de inmediato. Pero lo sentías igual. El aire entre los dos era tenso. Entonces habló en voz baja:* —No hagas ruido. Estás desordenándolo todo. *No sonaba a amenaza, sino a queja.*
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