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Created: 10/19/2026 11:38


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Eran casi las once de la noche cuando Taeui escuchó el sonido de una puerta cerrándose en la planta baja. Ilay había regresado. El alfa dejó las llaves sobre una mesa y se aflojó la corbata mientras recorría la residencia con la mirada. Había tenido un día particularmente desagradable y lo último que esperaba era encontrar a Taeui esperándolo en el salón. —¿Qué haces despierto a estas horas? —preguntó, con una ceja levantada—. No me digas que finalmente has descubierto lo aburrida que es tu vida sin mí. Se acercó al sofá, pero entonces notó el documento que Taeui tenía entre las manos. Su sonrisa desapareció. Ilay reconoció inmediatamente la carpeta. —Dámela, Taeui. Su voz seguía siendo tranquila, aunque sus ojos se habían vuelto mucho más fríos. Al ver que Taeui no se movía, soltó una risa breve y carente de humor. —Vaya. Supongo que ya has encontrado mi pequeño archivo secreto. Se quitó los guantes lentamente y los dejó sobre la mesa. —Antes de que empieces a gritarme, hay algo que deberías saber. No todo lo que has leído es cierto. Ilay levantó la mirada y sostuvo la suya. —Así que adelante, omega. Hazme todas las preguntas que quieras. Su sonrisa regresó, apenas perceptible. —Pero ten cuidado con la última. Porque, si me preguntas por qué llevo cinco años vigilando que nadie se acerque demasiado a ti, quizá tenga que darte una respuesta que ninguno de los dos está preparado para escuchar.
En un mundo donde el rango secundario determinaba gran parte del destino de las personas, los alfas dominantes ocupaban los puestos más altos de la sociedad. Los omegas, por otro lado, eran considerados valiosos por su capacidad de establecer vínculos biológicos excepcionales. Sin embargo, Jeong Taeui jamás había aceptado que su condición de omega definiera quién debía ser. Era independiente, testarudo y demasiado sarcástico para su propio bien. Odiaba que los alfas intentaran intimidarlo y tenía una habilidad especial para meterse en problemas justo cuando más necesitaba evitarlos. Ilay Riegrow era todo lo que Taeui detestaba. Un alfa dominante de una familia poderosa, conocido por su crueldad, su inteligencia y su absoluta falta de remordimientos. Tenía una sonrisa encantadora que nunca anunciaba nada bueno y una mirada capaz de hacer que cualquiera reconsiderara sus palabras. Todo comenzó cuando Taeui aceptó un trabajo temporal como asistente de inteligencia para una organización privada. El puesto parecía sencillo: revisar documentos, ayudar con las misiones y mantenerse alejado de los conflictos internos. Había un pequeño problema. Su nuevo supervisor era Ilay Riegrow. —Espero que no seas tan inútil como pareces —fue lo primero que Ilay le dijo al verlo entrar en su despacho. Taeui dejó la carpeta sobre la mesa. —Y yo espero que paguen lo suficiente para soportar tu personalidad. Ilay levantó las cejas. Después sonrió. No una sonrisa amable, sino esa expresión peligrosa que aparecía cuando algo despertaba su interés. Desde aquel día, empezó a asignarle tareas directamente, a llamarlo a su despacho sin previo aviso y a buscar cualquier excusa para discutir con él. Taeui estaba convencido de que el alfa simplemente disfrutaba molestándolo. Hasta que una noche recibió una llamada de emergencia. Un ataque contra una de las instalaciones de la organización había dejado al descubierto información confidencial, incluidos varios expedientes médicos de empleados. Entre ellos se encontraba el suyo. Su clasificación como omega había sido revelada. Y alguien había añadido una nota que llamó la atención de las personas equivocadas: su compatibilidad biológica con Ilay Riegrow era extraordinariamente alta. Antes de que Taeui pudiera comprender las consecuencias, comenzaron a llegarle propuestas de protección, invitaciones sospechosas y advertencias anónimas. Entonces apareció Ilay. —Haz las maletas —ordenó, dejando un teléfono sobre la mesa. Taeui lo miró con incredulidad. —¿Perdón? —Te trasladarás a mi residencia hasta que descubramos quién está filtrando tu información. —¿Y quién demonios te dijo que voy a vivir contigo? Ilay inclinó la cabeza, divertido. —Nadie. Por eso te lo estoy diciendo ahora. —Estás enfermo. —Y tú estás en peligro. Parece que ambos tenemos problemas. Taeui se negó durante casi veinte minutos. Ilay terminó ofreciéndole un trato: Taeui podría marcharse cuando quisiera, siempre que no comprometiera la investigación ni pusiera su vida en riesgo. No habría vínculo obligatorio, ni reclamaciones, ni decisiones tomadas en su nombre. Taeui aceptó únicamente porque necesitaba descubrir quién lo estaba persiguiendo. Se prometió que jamás permitiría que Ilay se aprovechara de la situación. No sabía que el alfa tenía sus propios motivos para mantenerlo cerca. La residencia de Ilay era enorme, elegante y demasiado silenciosa. Taeui recibió una habitación propia, un acceso independiente y una lista de normas que decidió ignorar por principio. La primera noche bajó a la cocina a las dos de la madrugada y encontró a Ilay preparando café. —¿No duermes? —preguntó Taeui. —¿Siempre haces preguntas innecesarias? —¿Siempre eres así de desagradable? —Solo con las personas que me interesan. Taeui se quedó quieto durante un instante. Ilay le entregó una taza sin dejar de observarlo. —No pongas esa cara. No eres tan especial. —Entonces deja de vigilarme. —Deja de hacer cosas que merezcan ser vigiladas. La convivencia se convirtió en una guerra silenciosa. Taeui cambiaba los horarios de las comidas para evitarlo. Ilay aparecía precisamente cuando Taeui creía tener la casa para él solo. Taeui le robaba las mantas del sofá; Ilay comenzaba a dejarle notas sarcásticas sobre la mesa. Pero había pequeños detalles que Taeui no lograba explicar. Ilay recordaba qué alimentos le gustaban. Había instalado un sistema de seguridad adicional cerca de su habitación sin entrar jamás en ella. Y, cuando Taeui se quedaba dormido trabajando, el alfa bajaba la música y dejaba una manta a su lado. Por supuesto, si Taeui se lo mencionaba, Ilay lo negaba todo. —No te emociones, omega. Simplemente me molesta ver a alguien dormir en una postura tan ridícula. —Podrías probar a no mirarme dormir. —Podrías probar a dormir con dignidad. Era insoportable. Y, de alguna manera, la casa empezaba a sentirse menos fría cuando él estaba cerca. Tres semanas después, ambos tuvieron que asistir a una gala organizada por una de las familias más influyentes del país. Taeui esperaba aburrirse durante toda la noche. Se equivocó. Apenas entraron, varios alfas comenzaron a acercarse para hablar con él. Algunos estaban interesados en su trabajo; otros habían escuchado rumores sobre su compatibilidad con Ilay. Uno de ellos, un alfa de una familia rival, le ofreció una copa y le pidió bailar. Taeui aceptó por curiosidad. Desde el otro extremo del salón, Ilay observó cómo el desconocido colocaba una mano en la espalda de Taeui. Su expresión no cambió. Pero la copa que sostenía crujió ligeramente entre sus dedos. Cuando terminó la canción, Ilay apareció junto a ellos. —Te están buscando —le dijo a Taeui. —Qué extraño. Nadie me ha dicho nada. —Ahora te lo estoy diciendo yo. —No sabía que Riegrow se había vuelto tan protector con sus empleados. Ilay le devolvió una sonrisa idéntica. —Y yo no sabía que tu familia había empezado a contratar idiotas para sus eventos. Taeui tuvo que morderse la lengua para no reírse. Cuando finalmente estuvieron solos en el balcón, se volvió hacia Ilay. —¿Qué demonios te pasa? —Nada. —Casi le arrancas la cabeza. -Exageras —Estás celoso. Ilay lo miró durante varios segundos. Luego se inclinó ligeramente hacia él, con una sonrisa que hizo que Taeui se arrepintiera de haber abierto la boca. —Ten cuidado con las conclusiones que sacas, Taeui. Podrías descubrir algo que no sabes cómo manejar. —¿Como qué? Por primera vez, Ilay no respondió inmediatamente. Sus ojos se detuvieron en el rostro de Taeui y después volvieron a encontrarse con los suyos. —Como el hecho de que llevo tres semanas intentando convencerme de que eres una molestia temporal. Taeui sintió que el corazón le daba un vuelco. Ilay se apartó antes de que pudiera responder. —Vamos. Quiero irme de aquí. Y, por primera vez, Taeui se preguntó si aquel alfa estaba tan confundido como él. La tranquilidad duró poco. Una noche, Taeui encontró un documento escondido en el despacho de Ilay. Contenía información sobre su familia, sus antecedentes médicos y una investigación que llevaba años archivada. En la última página aparecía una firma. La de Ilay. Taeui sintió que se le helaba la sangre. ¿Lo había estado investigando desde antes de conocerlo? Cuando Ilay regresó, encontró a Taeui esperándolo en el salón con el documento en la mano. —Explícamelo. Ilay miró el papel. Por primera vez desde que Taeui lo conocía, su expresión perdió toda diversión. —¿Dónde encontraste eso? —No me cambies el tema. ¿Me conocías antes de que empezara a trabajar contigo? El silencio fue suficiente para responder. Taeui dejó el documento sobre la mesa. —¿Todo esto ha sido una mentira? Ilay se acercó un paso, pero Taeui retrocedió. Aquello hizo que el alfa se detuviera. —No —respondió finalmente—. Pero hay cosas sobre tu familia que no conoces. —¿Y tú sí? —Sí. —¿Por qué? Ilay apretó la mandíbula. Durante un instante pareció debatirse entre decir la verdad y volver a esconderse detrás de su habitual arrogancia. Finalmente habló. —Porque hace cinco años alguien intentó utilizarte para llegar hasta mí. Y porque, desde entonces, he estado intentando averiguar quién dio la orden. Taeui sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. —¿Qué tiene que ver eso con nuestra compatibilidad? Ilay lo miró directamente a los ojos. —Nada. Tu compatibilidad no es la razón por la que te busqué. Hizo una pausa. —Pero sí es la razón por la que ahora todos quieren tenerte cerca. Por primera vez, Taeui comprendió que no estaba atrapado simplemente en una convivencia incómoda con un alfa insoportable. Estaba en medio de una conspiración que llevaba años desarrollándose. Y el único hombre que podía ayudarlo a descubrir la verdad era también el hombre en quien menos sabía si podía confiar.
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